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17-Nicole Garay



EL ÁRBOL

Queriendo acaso darme un buen amigo,
cuando yo vine al mundo, una mañana,
sembró mi padre al pie de mi ventana
un árbol que creció a la par conmigo.

Callado confidente y fiel testigo
de las congojas de mi edad temprana,
prestó su copa, al elevarse ufana,
sombra a mi estancia y generoso abrigo.

Cuántas veces las gotas de mi llanto,
tras de surcar ardientes mis mejillas,
cayeron en sus hojas cual rocío;

y causa al alma de sin par quebranto
fue el ver cual se tornaban amarillas
las hojas que regaba el llanto mío.

Nicole Garay

239-Tomás Martín Feuillet



SONETO

¡Ah, sí!, que en medio de mi amargo duelo
hay una fe que el hogareño abriga
y halaga mi alma la Esperanza amiga
cuando levanto la mirada al Cielo.

Y aunque piedad no encuentre en este suelo,
ni compasión para mi mal consiga,
caridad no le niego al que mendiga,
y al que miro sufrir le doy consuelo.

Y vos, a quien ha dado la fortuna
hermosura, riqueza y venturanza;
vos que amáis la virtud como ninguna,

fundad en vuestra fe vuestra esperanza;
que el Cielo hará que para siempre os sobre
con que ofrecerle caridad al pobre.

Tomás Martín Feuillet

252-Federico Escobar



NAPOLEÓNICA

Refieren que de incógnito entró un día
el endiosado Emperador de Francia
de su rango ocultando la importancia
al taller de paupérrima herrería.

Allí, un obrero lleno de energía,
de salud, de paciencia y de constancia,
que del yunque gustó desde la infancia,
hizo al guerrero noble cortesía.

Y así dijo el valiente nuevo Marte
al domador robusto del acero:
-Venga esa mano, quiero saludarte.

-Las tengo sucias- contestó el herrero.
-Siempre- repuso el corso- Bonaparte
limpias halló las manos del obrero.

Federico Escobar

328-Demetrio Fábrega



LIBERACIÓN

Voy atado a la vida como bestia a la noria,
pisando, a cada vuelta, sobre mi propia huella,
sin nada que me diga de un canto de victoria
y viendo en el espacio brillar la misma estrella.

Un día -cualquier día- yo sentiré la extraña
sensación de que se abre este círculo estrecho,
sentiré una luz nueva que mi pupila baña
y un grito de aleluya brotará de mi pecho.

Demetrio Fábrega

664-Amelia Denis de Icaza



EL LLANTO DE UNA HIJA

¡Madre mía!, ¡mi vida!, ¿qué te has hecho?
¿Adónde está tu maternal mirada?
¡Ya está sin vida, sin calor tu pecho
y tu hija vive aun tan desgraciada!

¿Adónde estás, porqué me abandonaste
y con quien me has dejado, madre mía?
Tú en tu seno de amor me acariciaste
y hoy te llevas contigo mi alegría.

Tú me amaste de niña con locura
y más tarde ya joven fui tu orgullo,
y hoy mi llanto de acerba desventura
ya no lo enjuga ese cariño tuyo.

Ya nunca más mi llanto con tu llanto
veré unirse doliente en mis dolores,
no arrullarás a Julia con tu canto
ni le pondrás sobre su frente flores.

Ya no veré dormirse entre tus brazos
los hijos míos que tus hijos son;
¿por qué la suerte desató esos lazos
y dejó de latir tu corazón?

Ya al exhalar mis lastimeras quejas
sólo hallarán un eco en el vacío;
¿por qué abandonas sola, por qué dejas
un corazón tan débil como el mío?

Ya no veré tus ojos anegados
en lágrimas dolientes por mi suerte,
ellos están a mi dolor cerrados
y hundidos por la mano de la muerte.

Madre tan adorada, yo te lloro,
y me parece un sueño todavía;
en vano a Dios en mi pesar imploro
porque Dios no me oye, ¡madre mía!

Amelia Denis de Icaza

844-Gaspar Octavio Hernández



EGO SUM

Ni tez de nácar, ni cabellos de oro
veréis ornar de galas mi figura;
ni la luz del zafir, celeste y pura,
veréis que en mis pupilas atesoro.

Con piel tostada de atezado moro;
conejos negros de fatal negrura,
del Ancón a la verde falda oscura
nací frente al Pacífico sonoro.

Soy un hijo del mar… porque en mi alma
hay -como sobre el mar- noche de calma,
indefinibles cóleras sin nombre,

y un afán de luchar conmigo mismo,
cuando en penas recónditas me abismo
pienso que soy un mar trocado en hombre.

Gaspar Octavio Hernández

871-José Dolores Urriola



SONETO

No pretendáis, amigos, que yo mueva
guerra al objeto de mi amor pasado;
ni que triste, cobarde y humillado,
vaya a poner mi corazón a prueba.

¡Qué yo la idolatré! No es cosa nueva.
¡Qué me dejó por otro! Está probado.
Mas... ¿quién sabe? ¡Tal vez en el pecado
la penitencia merecida lleva!

No su inconstancia para mí deploro,
ni de su fama pésima me río;
ni menos tomo parte en este coro,

que en torno de ella levantáis bravío;
¡pues una dama que se rinde al oro
no se merece ni el desprecio mío!

José Dolores Urriola

910-Rodolfo Caicedo



EPITAFIO

Tuvo arrebatos de león furioso
y ternuras de niño. Fue guerrero,
amó el templo, amó el libro, amó el acero,
fue sabio, fue cristiano, fue piadoso.

Tuvo perfume de vergel umbroso,
tuvo dureza de peñón severo
que impasible resiste el golpe fiero,
en mar sañudo, de huracán rabioso.

Hubo en él la poesía de una estrella
y el fuego de un volcán que hirviente asoma,
hubo en él esa cólera tan bella

que vence y ante el ruego se desploma;
fue cirio con fulgores de centella,
águila con dulzuras de paloma.

Rodolfo Caicedo