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La Madre del Mundo

El corazón de una madre, el corazón de una mujer es un gran tesoro. Nos enciende, ilumina la familia. ¿Quién te enseñó a orar? ¿Quién te va a entender y a perdonar? La madre. La mujer. ¿Quién te inspirará ante una gran tarea? La amada, la amiga, la mujer. La mujer, la inspiradora de belleza. Esta es la gran ley cósmica, la ley de la majestad, la ley de la grandeza y el equilibrio. Esforzarnos por alcanzar la belleza será como obtener la llave del conocimiento. Mejor que nadie, la mujer conoce el elemento del fuego, ese elemento tan ligado al futuro más cercano... Lo que se necesita ahora es la unidad de las mujeres que tejerán los hilos chispeantes del hogar a través de todas las jerarquías hacia el Infinito. Recordad, mujeres; recordad, madres, esposas y hermanas; recordad que estáis unidas por la belleza del espíritu. Sois quienes tejeréis y desplegaréis el estandarte de la paz. Quienes salvaréis a los niños de la desintegración y les mostraréis el significado del heroísmo y el sacrificio. Quienes pronunciaréis la palabra sagrada: ¡cultura! Más arriba se abre el camino celestial... Hacedlo todo tan bien como podáis... ¡Haced que todo sea hermoso!

Nicholas Roerich

Madrenuestra



MADRENUESTRA

Madre nuestra que estás en el Cielo,
Madre nuestra que estás en la Tierra,
Madre nuestra que estás en el vuelo
de esa prole que acierta y que yerra.

Madre nuestra que el bien nos desvela,
Madre nuestra que el mal nos entierra,
que en la estrella lejana rïela
y el calor de un abrazo encïerra.

Madre nuestra que das el consuelo
a quien sufre por mor de esa guerra
que ha erigido en su torre de hielo

a la que temeroso de aferra
sin sentir el calor de tu Cielo,
Madre nuestra que estás en la Tierra.

Jesús María Bustelo Acevedo

Oración a la Gran Madre




ORACIÓN A LA GRAN MADRE

Madre nuestra que estás en los Cielos
y en la Tierra y en todas partes,
benditas sean tu belleza y tu abundancia;
trae a nuestros corazones
la llave que abre el portal del Amor;
que cada uno de nosotros
respete las costumbres de todos los seres,
y el ejercicio del perdón
sea parte de nuestra existencia;
que demos la bienvenida en nuestra mesa
a todos y a todas para compartir con nosotros
el alimento sagrado.
Madre nuestra que estás en los Cielos
y en la Tierra y en todas partes,
que seas la guía de nuestros pasos,
que el ritmo de nuestros corazones pueda unirse
al ritmo del corazón de la Tierra
y así ser uno con su ritmo;
que las estrellas nos guíen en las noches oscuras
y el Sol y Luna abracen nuestros cuerpos,
oh Gran Espíritu, Gran Madre,
oh Mujer Sagrada.

Autor Desconocido

Madrenuestra



MADRENUESTRA

Madre nuestra que estás en la Tierra,
humanizado sea tu nombre,
no permitas que nada me asombre,
gocemos paz o suframos guerra.

Madre nuestra que perennemente
eres la diosa que da la vida,
tan conocida o desconocida
como ese Dios que existe o se invente.

Madre nuestra que aquí en este suelo
das amor a ese hijo que yerra,
porque tú conoces bien la Tierra,
porque tú conoces bien el Cielo.

Madre nuestra que aquí en este Edén
y en este Infierno del que lo sea
sobre los dioses se enseñorea
dando por siempre la vida. Amén.

Jesús María Bustelo Acevedo

10-Casilda Antón del Olmet



MATERNIDAD

De sus polluelos siempre rodeada,
cuidado infatigable les prodiga;
les cede el trigo y la sabrosa hormiga,
con verlos prosperar recompensada.

Pierde su mansedumbre acostumbrada
si el defenderlos a luchar obliga;
con sus alas de madre los abriga
en los rigores de la madrugada.

Cantando sólo en el alumbramiento,
la gallina demuestra su contento
y en triunfo resonante lo convierte.

Febril e inmóvil no abandona el nido
y de sí misma llegará al olvido
hasta causarle por amor la muerte.

Casilda Antón del Olmet

60-Evaristo Carriego



LA SILLA QUE AHORA NADIE OCUPA

Con la vista clavada sobre la copa
se halla abstraído el padre desde hace rato,
pocos momentos hace rechazó el plato
del cual apenas quiso probar la sopa.

De tiempo en tiempo, casi furtivamente,
llega en silencio alguna que otra mirada
hasta la vieja silla desocupada,
que alguien, de olvidadizo, colocó enfrente.

Y, mientras se ensombrecen todas las caras,
cesa de pronto el ruido de las cucharas
porque insistentemente, como empujado

por esa idea fija, que no se va,
el menor de los chicos ha preguntado
cuándo será el regreso de la mamá.

Evaristo Carriego

67-Arístides Pongilioni



DEDICATORIA

Yo escucho en el espacio torrentes de armonía;
naturaleza me habla con su gigante voz;
aliéntame potente y agita el alma mía
el celestial impulso que nos acerca a Dios.

No hay en los vagos vientos murmullo ni gemido,
ni acentos pavorosos en el hinchado mar,
no hay trinos de las aves, ni misterioso ruido
de arroyo entre las piedras quebrando su cristal;

No tiene el firmamento matices ni colores,
ni sombra el bosque umbrío, ni las estrellas luz,
ni aroma fugitivo las matizadas flores,
ni las lejanas cumbres resplandeciente azul:

No vibra en torno mío, no vaga en el ambiente
perfume, luz, colores, ni sombra ni rumor,
que no eleve a otro espacio mi enardecida mente,
que no abrase mi alma con fuego creador.

Tal vez, cuando, agitado del numen que me inspira,
mi pensamiento en himnos pretendo derramar,
exhala sones flébiles mi descorde lira,
y pobre, humilde y triste se arrastra mi cantar.

¿Mas qué importa? Yo siento que su divina esencia
el alma poesía dentro mi ser vertió:
si pobre es y sin galas la torpe inteligencia,
¿sera menos poeta por eso el corazón?

¿Ese inefable encanto, las vagas sensaciones
que al contemplar el mundo, me inundan en tropel,
no son tal vez poesía, no son emanaciones
de espíritu divino que agítase en mi ser?

¡Oh madre! ¡cuántas veces, en el pesar sumido,
el soplo de aura leve mis ojos enjugó!
¿Por qué al son de sus alas prestaba atento oído?...
No sé: -vagaba en ella consoladora voz.

Inmóvil, escuchando rugir el oceano,
mi vista al firmamento se eleva con afán.
¿Qué busca tras el velo sutil del aire vano?
¡No sé: -las roncas olas me nombran a Jehová!

¡Ah! la creación entera, con mágica armonía
me habló, y, desde la cuna, yo comprendí su voz,
y germinó en mi pecho la flor de la poesía,
de tu cariño, madre, al celestial calor.

Él dio a mi pensamiento su plácida ternura,
las alas de mi espíritu al cielo encaminó:
de Dios me hablabas, madre, y, a tu enseñanza pura,
tan armonioso nombre mi boca murmuró.

Un aura de cariño mi frente acariciaba
y ensueños deliciosos en ella hacía brotar;
si en pos de idea indecisa mi espíritu vagaba,
sentía a su lado, madre, tu espíritu flotar.

Y así mi mente alzaba por el espacio el vuelo,
y sus primeros sones mi lira moduló;
si de entusiasmo en alas me desprendía del suelo,
el cielo era mi norte, mi inspiración tu amor.

¡Ah! ¡si me fuera dado poblar de ecos sonoros
el aura que tu frente se acerca a acariciar,
pagando en armonías los célicos tesoros
de amor, que en mí vertiera tu seno maternal!

Si al soberano aliento que llena el pecho mío
las cuerdas de mi lira pudieran responder,
mis cánticos se alzaran, con noble poderío,
y el mundo dominando vivieran lo que él.

Jamás los igualaran murmuradora fuente,
ni céfiro ligero, ni amante ruiseñor,
y altivos dominaran el trueno del torrente,
del ponto los rugidos, la voz del aquilón.

¡Y cuando las naciones, mis cánticos premiando,
corona de poeta ciñeran a mi sien,
con qué orgullo tan noble, sus hojas arrancando,
cubriera tu camino de triunfador laurel!

¡Delirios! ¡Sueños vanos! Sin galas, sin aliño,
con estas tristes flores un ramo entretejí;
mas, ¿si lo ofrezco en prenda de mi filial cariño,
no es cierto, dí, que tienen gran precio para ti?

Extiende con orgullo sus ramas altanero
el árbol, si de flores cubiertas ya las ve,
y, al agitarse al soplo del céfiro ligero,
las ramas por alfombra las tienden a su pie.

Arístides Pongilioni

194-Miguel Sánchez de Castro



¡MADRE MÍA!

¡Dios te salve, María,
Madre del pecador, mi Madre amada!
Esto, no más, un día y otro día
diré con la sin par monotonía
de un alma enamorada.

Perdona si mi mente
no encuentra en sus discursos otra cosa;
perdona si mi lengua balbuciente
sólo puede exclamar eternamente:
"¡Madre, Madre amorosa!".

Pero, ¿qué más deseas,
ni qué más puedes esperar del hombre?
Tú, que el secreto del amor sondeas,
sobre todas las cosas te recreas
cuando te da de Madre el dulce nombre.

¡Madre pues, Madre mía!
¡Madre del pecador, Madre adorada!
Esto, no más, un día y otro día
diré con la sin par monotonía
de un alma enamorada.

Miguel Sánchez de Castro

228-Poeta Anónimo



MAMITA

Mamita mía...
dulce y hermosa...
te me figuras...
botón de rosa...

Gotita de agua...
que hay en la fuente...
como diamante
muy transparente.

Aunque a tu lado.
me ves travieso,
me vuelvo bueno
cuando te beso.

Mamita amada,
mi gran tesoro,
yo soy tu niño...
y yo te adoro.

Poeta Anónimo

266-Rosario de Acuña y Villanueva



ROSARIO ACUÑA

Ya estoy contigo, madre; nuestras vidas
caminaron por sendas diferentes,
llegando, al fin, cansadas y dolientes,
á dormir en la muerte, confundidas.

Por filial y materno amor unidas,
queden en paz eterna nuestras mentes,
cual dos opuestas ramas ó corrientes
de un solo tronco ó manantial nacidas.

¡No despertemos nunca, madre amada!
¡Más sí al mandato del poder divino
el yo consciente surge de la nada,

uniendo tu destino á mi destino,
llévame entre tus brazos enlazada
y sigamos las dos igual camino!

Rosario Acuña

297-José Domingo Gómez Rojas



ESCRITO EN LA CÁRCEL

Yo que tengo lejanos jardines en la luna
y reinos invisibles en estrellas lejanas
y princesas dormidas de embrujada fortuna
y reinos interiores y cosas extrahumanas.

Yo que tengo un silencio de armonía profundo,
gravitando con ritmo de misterio en mí mismo;
yo que siento y que vivo la belleza del mundo:
jamás podrán hundirme en el "pequeño abismo".

Basta que mire al cielo y llame a las estrellas
para arrullarlas dentro del corazón transido;
basta que, cara a cara, diga a Dios mis querellas
para que Dios conteste: "¡Hijo!, ¿te han afligido?"

Por eso nada importa, Madre, que a tu buen hijo
los pobres hombres quieran herir: ¡Piedad por ellos!
¡Piedad, Piedad, Piedad! Mi amor ya los bendijo;
¡que la luz de los astros les peine los cabellos!

José Domingo Gómez Rojas


POLVO Y VIENTO

Hoy caen los crepúsculos de mi alma
y dormido me encuentran las auroras;
tengo tantas estrellas en mi ensueño
que hay un divino azul hasta en mi sombra.

Es tan honda la noche de mi espíritu
que en un éxtasis vivo su belleza
y la muerte se acerca hasta mis besos
como virgen vestida con estrellas.

Yo dormiré algún día bajo tierra
y ni mi sombra vagará perdida;
no seré ni recuerdo, ni fantasma,
ni amor lejano, ni canción perdida.

Sólo entonces, tal vez, duerma tranquilo,
sin inquietud alguna… Las estrellas
seguirán en los cielos, y los hombres
viviendo sus dolores por la tierra.

Y yo estaré tranquilo con el polvo
sobre mi corazón, sobre mis labios;
pasarán los millones de centurias…
habrán muerto y nacido muchos astros…

Así quiero dormir bajo los siglos,
vestido con el polvo de lo eterno;
yo que rodé cual lágrima en el mundo
quiero apenas ser polvo sobre el viento.

José Domingo Gómez Rojas

379-Diego Vicente Tejera



A TI

¿Has muerto? No; la muerte tras sí lleva el olvido,
¡y aun te recuerdo yo!
La muerte, dulce madre, tu forma ha destruido;
Pero tu imagen nó.

Mas ¡ah! si tú en mi espíritu no has muerto todavía,
mañana ¿vivirás?
¡Oh, sí! Mientras respire -¡lo juro, madre mia!-
no has de morir jamás.

¡Jamás! Aunque el destino te doblegó en mal hora,
fué vano su rigor:
¿Mi gloria un tiempo fuiste? Serás mi culto ahora:
¡Tú siempre eres mi amor!

Contigo en todas partes, contigo noche y dia
me sentirás vivir;
que en tanto que yo aliente -¡lo sabes, madre mia!-
no puedes tú morir.

Y aún vivirás conmigo cuando mi sien no lata:
que iré á buscarte en Dios,
y el rayo de su gloria, que ardiente te arrebata.
será para los dos.

No importa que hoy pregunte con afligido acento:
mi madre ¿en dónde está?
No importa que mis lágrimas respondan al momento:
¡mi madre ha muerto ya!

Para adorarla siempre, del pecho en lo profundo
tu imagen llevo yo:
Las madres, ¡madre mía!, se mueren para el mundo...
¡Para sus hijos no!

Diego Vicente Tejera

502-Federico Rivas Frade



CONSOLATRIX AFFLICTORUM

Ante el viejo retablo donde lloras,
mi madre se postraba de rodillas,
y, lo mismo que en ti, vi en sus mejillas
rodar el llanto en las amargas horas.

Como un rayo de luz de dos auroras,
de ella y del cielo en que sin mancha brillas,
bajaba con mis súplicas sencillas
la compasión que tú de Dios imploras.

Muerta mi madre, en noches de amargura
ante el cuadro a caer vuelvo de hinojos,
y cuando el alma su oración murmura,

se aplacan de mi vida los enojos,
porque al rogarte a ti, se me figura
que ella me está mirando con tus ojos.

Federico Rivas Frade

519-Ricardo Rodríguez Cáceres



LUISITO

En tu seno ese niño reclinado
cándidamente en actitud risueña,
parece un ángel que contigo sueña
en un lecho de rosas perfumado.

Y bebiendo a tu pecho codiciado
el néctar que le brindas halagüeña,
perece un nardo en arrogante peña
del vendaval del mundo resguardado.

Cede un instante al maternal cariño;
dame esa prenda de tu amor querida
para besarla con paterno anhelo;

porque besando al candoroso niño,
beso a la madre que le dio la vida,
beso a la esposa que me ha dado el Cielo.

Ricardo Rodríguez Cáceres

550-Manuel María de Santa Ana y Rodríguez



EL PAN DEL ALMA

En pobre estancia y al rayar del día,
de mí y de mis hermanos rodeada,
la madre de mi alma idolatrada
pan sólo, y poco pan, nos repartía.

Y si alguno más pan, triste pedía,
estando la alhacena ya agotada,
ella a la dura y seca rebanada
dulces y blandos besos añadía.

Devorando hasta el último mendrugo
gracias a Dios le dábamos de hinojos...
Rico hacerme después a Dios le plugo;

y si el alma ha de hallar bien que le cuadre,
he de volver la mente con los ojos
al pan con besos que me dio mi madre.

Manuel María de Santa Ana y Rodríguez

553-Vicente Riva Palacio y Guerrero



A MI MADRE

¡Oh, cuán lejos están aquellos días
en que cantando alegre y placentera,
jugando con mi negra cabellera,
en tu blando regazo me dormías!

¡Con qué grato embeleso recogías
la balbuciente frase pasajera
que, por ser de mis labios la primera,
con maternal orgullo repetías!

Hoy que de la vejez con el quebranto
mi barba se desata en blanco armiño,
y contemplo la vida sin encanto,

el recordar tu celestial cariño,
de mis cansados ojos brota el llanto,
porque pensando en ti me siento niño.

Vicente Riva Palacio y Guerrero

554-Ignacio Manuel Altamirano



RECUERDOS

Se oprime el corazón al recordarte,
madre, mi único bien, mi dulce encanto;
se oprime el corazón y se me parte,
y me abrasa los párpados el llanto.

Lejos de ti y en la orfandad, proscrito,
verte nomás en mi delirio anhelo;
como anhela el presito
ver los fulgores del perdido cielo.

¡Cuánto tiempo, mi madre, ha transcurrido
desde ese día en que la negra suerte
nos separó cruel!... ¡Tanto he sufrido
desde entonces, oh Dios, tanto he perdido,
que siento helar mi corazón de muerte!

¿No lloras tú también, ¡oh madre mía!,
al recordarme, al recordar el día
en que te dije adiós, cuando en tus brazos
sollozaba infeliz al separarme,
y con el seno herido hecho pedazos,
aun balbucí tu nombre al alejarme?

Debiste llorar mucho. Yo era niño
y comencé a sufrir, porque al perderte
perdí la dicha del primer cariño.
Después, cuando en la noche solitaria
te busqué para orar, sólo vi el cielo,
al murmurar mi tímida plegaria,
mi profundo y callado desconsuelo.

Era una noche obscura y silenciosa,
sólo cantaba el búho en la montaña;
sólo gemía el viento en la espadaña
de la llanura triste y cenagosa.
Debajo de una encina corpulenta
inmóvil entonces me postré de hinojos,
y mi frente incliné calenturienta.

¡Oh! ¡Cuánto pensé en ti llenos los ojos
de lágrimas amargas! ... La existencia
fue ya un martirio, y erial de abrojos
el sendero del mundo con tu ausencia.

Mi niñez pasó pronto, y se llevaba
mis dulces ilusiones una a una;
no pudieron vivir, no me inspiraba
el dulce amor que protegió mi cuna.
Vino después la juventud insana,
pero me halló doliente caminando
lánguido en pos de la vejez temprana,
y las marchitas flores deshojando
nacidas al albor de mi mañana.

Nada gocé; mi fe ya está perdida;
el mundo es para mí triste desierto;
se extingue ya la lumbre de mi vida,
y el corazón, antes feliz, ha muerto.

Me agito en la orfandad, busco un abrigo
donde encontrar la dicha, la ternura
de los primeros días; ni un amigo
quiere partir mi negra desventura.
Todo miro al través del desconsuelo;
y ni me alivia en mi dolor profundo
el loco goce que me ofrece el mundo,
ni la esperanza que sonríe en el cielo.

Abordo ya la tumba, madre mía,
me mata ya el dolor... voy a perderte,
y el pobre ser que acariciaste un día
¡presa será temprano de la muerte!

Cuando te dije adiós, era yo niño:
diez años hace ya; mi triste alma
aún siente revivir su antigua calma
al recordar tu celestial cariño.

Era yo bueno entonces, y mi frente
muy tersa aún tu ósculo encontraba...
Hace años, de dolor la reja ardiente
allí dos surcos sin piedad trazaba.

Envejecí en la juventud, señora;
que la vejez enferma se adelanta,
cuando temprano en el dolor se llora,
cuando temprano el mundo desencanta,
y el iris de la fe se descolora.

Cuando contemplo en el confín del cielo,
en la mano apoyando la mejilla,
mis montañas azules, esa sierra
que apenas a vislumbrar mi vista alcanza,
Dios me manda el consuelo,
y renace mi férvida esperanza,
y me inclino doblando la rodilla,
y adoro desde aquí la hermosa tierra
de las altas palmeras y manglares,
de las aves hermosas, de las flores,
de los bravos torrentes bramadores,
y de los anchos ríos como mares,
y de la brisa tibia y perfumada
do tu cabaña está, mujer amada.

Ya te veré muy pronto madre mía;
ya te veré muy pronto, ¡Dios lo quiera!
y oraremos humildes ese día
junto a la cruz de la montaña umbría,
como en los años de mi edad primera.
Olvidaré el furor de mis pasiones.
me volverán rientes una a una
de la niñez las dulces ilusiones,
el pobre techo que abrigó mi cuna.
Reclinaré en tu hombro mi cabeza,
escucharás mis quejas de quebranto,
velarás en mis horas de tristeza
y enjugarás las gotas de mi llanto.

Huirán mi duda, mi doliente anhelo.
recuerdos de mi vida desdichada;
que allí estarás, ¡oh ángel de consuelo!
Pobre madre infeliz... ¡madre adorada!

Ignacio Manuel Altamirano

555-Poeta Anónimo

 



PÁJAROS NEGROS

Noche de pena en la noche
elocuente de silencio;
noche de pena vestida
con pena de manto negro.
La ciudad toda tapada
con las sombras del recelo
es una sombra de sombras
acechando en el acecho;
entre tanto aquella madre
abrazada a su pequeño,
lo mece en la dulce cuna
de sus dos brazos morenos.
Y el niño... ¿Qué sueña el niño
envuelto en calor de pecho,
mecido por dulces brazos,
besado por labios buenos?
¡Qué tranquilo que está el niño,
duerme que duerme durmiendo!
¿Y qué ha pasado en la noche
que se han roto los silencios?
¡Cuidado, madre, cuidado,
que graznan pájaros negros
llevando latir de muerte
en el corazón de hierro!
¡Ten cuidado, madrecita,
y abraza fuerte al pequeño,
que se ha rasgado la noche
con llamaradas de incendio
y una lluvia de explosiones
asesina los silencios!
Pero la madre callada
sólo tiene un pensamiento:
que el niño no despierte,
que no se asuste el pequeño,
que siga tranquilo el niño
duerme que duerme durmiendo.
Preciosa carga que lleva
entre sus brazos morenos
la madre que silenciosa
cruza la calle corriendo.
Y desde el refugio oye
como los pájaros negros
rugen rabia de metralla
sobre la ciudad en sueño;
la ciudad llena de niños,
de mujeres y de viejos:
la guerra, según la entienden
los asesinos del pueblo;
los que se dijeron hijos
de España, pero mintieron,
que nadie clava a una madre
los puñales traicioneros.
Tú bien sabes, madrecita,
abrazada a tu pequeño,
quienes amamos a España
y cómo la defendemos,
¡ay, mujer, con toda el alma!
¡ay, mujer, con todo el cuerpo!
Lo mismo que tú, lo sabe
tu valiente compañero
que allá en un frente lejano
virilmente pone el pecho
como muralla invencible
ante los traidores esos
que, al grito de «¡Arriba España!»
a España la están hundiendo.
Tú bien sabes, madrecita,
y sabe tu compañero
que luchamos por tu hijo,
por el mío, porque ellos,
los niños de nuestra España,
los niños del mundo entero,
tengan un bello futuro,
vivan en un mundo nuevo
y sabiendo que nosotros
supimos luchar por ellos,
¡ay, mujer, con toda el alma!
¡ay, mujer, con todo el cuerpo!
Por eso tú, madrecita,
que sabes que venceremos,
sin miedo a nada ni a nadie
abraza fuerte al pequeño,
mécelo en la dulce cuna
de tus dos brazos morenos...

Poeta Anónimo

569-Isaías Gamboa



SONETO A MI MADRE

Tez de América y ojos del oriente,
bozo de seda, labios abultados,
y cabellos oscuros, hacinados
como un crespón sobre la tersa frente.

He aquí la juventud resplandeciente
con sus sueños de gloria acariciados
por los primeros lauros conquistados
a despecho del mundo indiferente.

Pero allá, tras un velo imperceptible,
la sombra de los íntimos dolores
que nacen del amor a lo imposible.

Reflejos de tormentos interiores,
y esa amargura inmensa, indefinible,
del que halló espinas en lugar de flores.

Isaías Gamboa

570-Poeta Anónimo



LA MADRE DEL MILICIANO

Sin luz del cielo en los ojos,
sin luz de luna en las manos,
espera noches de niebla
la madre del miliciano.
Abierta está la ventana;
el cielo dibuja un arco,
los montes sombras dibujan
en los filos del ocaso.
Las cenizas languidecen
en el hogar apagado.
Muda, la noche camina
entre banderas de raso.
La luna vierte su lumbre,
vierte su lumbre en el lago,
y ante las yertas cenizas,
junto al hogar apagado,
besa el recuerdo del hijo
la madre del miliciano.
La recia lucha del frente
llama a los sueños lejanos.
La madre piensa en el hijo
que lucha de miliciano
y que duerme en las trincheras
sin caricias de sus manos.
Con la plata de la luna
el cielo dibuja un arco,
los montes sombras dibujan
en los filos del ocaso;
sombras de noche y de luto,
sombras de luto y de espanto.

Poeta Anónimo