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14-Manuel Cañete



AL NIÑO ALFREDO

Blanco jazmín que la aurora
con sus lágrimas rocía,
que sin penas ni dolores
del vicio exento respiras.
Duerme, ¡oh niño!, descuidado
de la senda de la vida,
mientras goces de la infancia
dulce al par que fugitiva.
Duerme, duerme y con sus alas
cubra tu frente divina
un serafín que te guarda
de las pasiones mezquinas.
En gratas visiones ríe,
puros aromas aspiras,
es muy cándido tu sueño
y son muchas sus delicias.
Tal vez, ¡ay!, con tu inocencia
deliró mi fantasía
y vi un mundo seductor
a través de un falso prisma.
Trocado en blando deleite
vi luego el amargo acíbar
y por verdad tuve un sueño
que hiciera común tu dicha.
Duerme, Alfredo, que al tender,
joven ya, tu ansiosa vista
por un mar tan borrascoso,
donde el más fuerte peligra,
has de ver la horrenda lucha
del engaño y la artería,
del placer y del dolor,
del orgullo y de la envidia.
Duerme, sí, porque ese sueño,
muy más puro que la brisa,
pulirá cual niebla débil
del aquilón impelida,
y el torbellino espantoso
en que los hombres se agitan
sucederá a la bonanza
que tu corazón cautiva.
Esa edad tan placentera,
de paz y candor henchida,
esa edad que de otros goces
preludio ser debería,
para no volver se aleja,
así como tras los días
se van cuantas esperanzas
concilie el alma sencilla.

¡Pobre niño!, flor temprana

que brillas en el pensil,
¿quién sabe si habrá mañana
alguna mano profana
que te marchite tu abril?
¿Quién sabe si al despertar
de tu infancia candorosa
habrás sólo de encontrar
senda estéril de pesar
en esta vida afanosa?
¿Quién sabe si el porvenir
que a tus ojos se presenta
es un cielo de zafir,
o si debes combatir
el horror de la tormenta?
¿Quién puede decir "yo sé
cuál ha de ser mi destino,
y el arcano penetré
que a todos oculto fue
tras un velo diamantino"?
¿Quién bastará a descifrar,
con sublime inteligencia,
lo que debes esperar
en llegando a despertar
de tu sueño de inocencia?
¡Ay! que en vano corre el hombre,
en su loca fantasía,
sin que el peligro le asombre,
tras de un efímero nombre
por una y por otra vía.
En vano busca el placer;
pues sólo encuentra el dolor,
y es tristísimo correr
con anhelo y no poder
hallar amor por amor.
Y muy triste, a la verdad,
perder la dicha y la calma,
y trocar en liviandad
el tesoro de la edad
en que fue cándida el alma.
Duerme, pues, que si al salir
de ese sueño de la infancia
has de llegar a sufrir,
como una flor que al morir
pierde belleza y fragancia,
vale más no despertar;
pues si te adora tu padre,
cuando llores no has de hallar
una dulcísima madre
que te llegue a consolar.
Duerme, sí, y el Cielo santo,
¡oh niño!, quiera extender
sobre ti su hermoso manto
y enjugue siempre tu llanto
si te mira padecer.
¡Que nadie puede decir,
con sublime inteligencia,
cuál será tu porvenir,
ni si un cielo de zafir
se despliega a tu presencia!

Manuel Cañete

117-Calcagno



LA CARIDAD

Niño, que en mullida almohada
recuestas la cabecita,
que te duermes al acento
de maternales caricias;
recuerda que hay niños pobres
que en las noches tristes, frías,
no tienen techo y se duermen
soñando con sus desdichas.

Niño, que tienes juguetes,
que allá en la alfombra de Esmirna,
en la sala reluciente,
descansan de tus caricias:
acuérdate de los pobres
que sin juegos, sin sonrisas,
lloran porque tienen hambre
de pan, besos y caricias.
Ese niñito harapiento
de tez pálida, amarilla,
que llama junto a la puerta
de la casa que tú habitas,
es tu hermanito, que pide
el pan que tú desperdicias.

¡Oh!, si eres bueno, si tienes
dentro del cuerpo un almita,
si tienes un corazón,
corre y dile a tu mamita
que te dé un trozo de pan
para el pobre, que hace días
no ha probado ni un bocado
de ese pan que desperdicias.

Y lleváselo tú mismo,
pónselo en la manecita,
y así podrás ver de cerca
su tez pálidad, amarilla,
verás sus ojos hundidos,
verás sus tristes pupilas,
verás como son los niños
que en las noches tristes, frías,
tienen hambre retrasada
de pan, besos y caricias.

Calcagno

272-Poeta Anónimo



FLORECILLAS

El que quiera belleza
venga a tu rostro;
quien quiera luz del cielo,
venga a tus ojos
¡Ay, Niño amado!
Y el que quiera dulzura
venga a tus labios.
Por el valle de rosas
de tus mejillas
corren dos arroyitos
de lagrimitas.
Déjame, deja
que ellas la sed apaguen
que me atormentan.
Jesús, Tú eres el alma
del alma mía:
sin ti la luz es sombra,
muerte la vida.
¡Manso cordero!
Contigo, hasta el Calvario;
sin ti, ni al cielo.
En vano te disfrazas
y escondes, Niño;
los ángeles del cielo
te han conocido.
Tan sólo el nombre,
por más que te descubres,
no se conoce.
Son la Cruz y el pesebre
de una madera
con que Dios ha labrado
todas tus flechas.
¡Ay, prenda mía!
Atraviésame el pecho
con una astilla.
Mil corazones, Niño,
yo te daría
por lograr una sola
de tus caricias.
Mas... ¡miento, miento!,
que el que tengo me pides
y te lo niego.
Yo no puedo acallarle,
toma allá al Niño;
porque si llora, llora
por ir contigo.
¡Ay, Madre, Madre!
¿Quién si tú no le acallas
podrá acallarle?
Duérmete, Jesús mío,
duerme en mis brazos;
y no llores, no llores
por mis pecados.
Duérmete, duérmete,
y aunque llorar me sientas,
no te despiertes.

Poeta Anónimo

436-Juan de Dios Peza



EL CUENTO DE MARGOT

Vamos Margot, repíteme esa historia
que estabas refiriéndole á María,
ya vi que te la sabes de memoria
y debes de enseñármela, hija mía.

-La sé porque yo misma la compuse.
-¿Y así no me la dices ? Anda, ingrata.
-¡Tengo compuestas diez! -¡Cómo!, repuse,
¿te has vuelto a los seis años literata?

-¡No, literata no! pero hago cuentos…
-No temas que tal gusto te reproche.
-Al ver á mis hermanos tan contentos
yo les compongo un cuento en cada noche.

-¿Y cómo dice el que contando estabas?
-Es muy triste, papá, ¿que no lo oíste?
-Sólo oí que lloraban y llorabas.
-¡Ah! si, todos lloramos; ¡es muy triste!

Imagínate un niño abandonado
de grandes ojos de viveza llenos,
rubio, risueño, gordo y colorado:
Como mi hermano Juan, ni más ni menos

Figúrate una noche larga y fría,
de muda soledad, sin luz alguna,
y ese niño muriendo, en agonía,
encima de la acera, no en la cuna.

-¿En las heladas losas ? -Si, en la acera,
Es decir, en la calle… -¡Qué amargura!
-Hubo alguien que pasando lo creyera
un olvidado cesto de basura.

Yo pasaba, lo vi, bajé mis brazos
queriendo darle maternal abrigo
y envuelto en un pañal hecho pedazos
lo alcé á mi pecho y lo llevé conmigo.

Lloraba tanto y tanto el angelito
que ya estaban sus párpados muy rojos..
Y a cada nueva queja, a cada grito
el alma me sacaba por los ojos.

Me lo llevé á mi cama: entre plumones
lo hice dormir caliente y sosegado…
¡Cómo hubo en este mundo corazones
capaces de dejarlo abandonado!

¡Ay! yo sé por mi libro de lectura
que estudio en mis mayores regocijos,
que ni los tigres en la selva oscura
dejan abandonados a sus hijos.

¡Pobrecito! Yo sé su mal profundo,
le curo como madre toda pena:
parece que este niño en este mundo
no es hijo de mujer sino de hiena.

De mi colchón en el caliente hueco
duerme para que en lágrimas no estalle;
y llorando Margot, mostró el muñeco
que en cierta noche se encontró en la calle.

Juan de Dios Peza

555-Poeta Anónimo

 



PÁJAROS NEGROS

Noche de pena en la noche
elocuente de silencio;
noche de pena vestida
con pena de manto negro.
La ciudad toda tapada
con las sombras del recelo
es una sombra de sombras
acechando en el acecho;
entre tanto aquella madre
abrazada a su pequeño,
lo mece en la dulce cuna
de sus dos brazos morenos.
Y el niño... ¿Qué sueña el niño
envuelto en calor de pecho,
mecido por dulces brazos,
besado por labios buenos?
¡Qué tranquilo que está el niño,
duerme que duerme durmiendo!
¿Y qué ha pasado en la noche
que se han roto los silencios?
¡Cuidado, madre, cuidado,
que graznan pájaros negros
llevando latir de muerte
en el corazón de hierro!
¡Ten cuidado, madrecita,
y abraza fuerte al pequeño,
que se ha rasgado la noche
con llamaradas de incendio
y una lluvia de explosiones
asesina los silencios!
Pero la madre callada
sólo tiene un pensamiento:
que el niño no despierte,
que no se asuste el pequeño,
que siga tranquilo el niño
duerme que duerme durmiendo.
Preciosa carga que lleva
entre sus brazos morenos
la madre que silenciosa
cruza la calle corriendo.
Y desde el refugio oye
como los pájaros negros
rugen rabia de metralla
sobre la ciudad en sueño;
la ciudad llena de niños,
de mujeres y de viejos:
la guerra, según la entienden
los asesinos del pueblo;
los que se dijeron hijos
de España, pero mintieron,
que nadie clava a una madre
los puñales traicioneros.
Tú bien sabes, madrecita,
abrazada a tu pequeño,
quienes amamos a España
y cómo la defendemos,
¡ay, mujer, con toda el alma!
¡ay, mujer, con todo el cuerpo!
Lo mismo que tú, lo sabe
tu valiente compañero
que allá en un frente lejano
virilmente pone el pecho
como muralla invencible
ante los traidores esos
que, al grito de «¡Arriba España!»
a España la están hundiendo.
Tú bien sabes, madrecita,
y sabe tu compañero
que luchamos por tu hijo,
por el mío, porque ellos,
los niños de nuestra España,
los niños del mundo entero,
tengan un bello futuro,
vivan en un mundo nuevo
y sabiendo que nosotros
supimos luchar por ellos,
¡ay, mujer, con toda el alma!
¡ay, mujer, con todo el cuerpo!
Por eso tú, madrecita,
que sabes que venceremos,
sin miedo a nada ni a nadie
abraza fuerte al pequeño,
mécelo en la dulce cuna
de tus dos brazos morenos...

Poeta Anónimo

619-Gertrudis Gómez de Avellaneda



A LAS ESTRELLAS

Reina el silencio: fúlgidas en tanto,
luces de paz, purísimas estrellas,
de la noche feliz lámparas bellas,
bordáis con oro su luctuoso manto.

Duerme el placer, mas vela mi quebranto,
y rompen el silencio mis querellas,
volviendo el eco, unísono con ellas,
de aves nocturnas el siniestro canto.

¡Estrellas, cuya luz modesta y pura
del mar duplica el azulado espejo!
Si a compasión os mueve la amargura

del intenso penar porque me quejo,
¿cómo para aclarar mi noche obscura
no tenéis ¡ay! ni un pálido reflejo?

Gertrudis Gómez de Avellaneda


A UN NIÑO DORMIDO

¡Duerme tranquilo, inocente,

en el materno regazo,
y deja que admire atenta
tu delicioso descanso!
¡Cuál brilla la frente pura
entre los rizos dorados,
que en leves ondas descienden
a tu cuello de alabastro!
Pende con dulce abandono
a un lado tu diestra mano,
y la otra de la mejilla
el peso sostiene blando.
Cual flor preciosa, tu pecho
despide aliento balsámico,
mientras que dulce sonrisa
mueve el carmín de tus labios.
Tal vez sueñas de tu madre
recibir el beso caro...
Tal vez a un ángel contemplas
y escuchas célicos cantos.
¡Duerme, duerme, pobre niño,
de la inocencia en los brazos,
que a robarte tal ventura
se presta el tiempo tirano!
Vuelan rápidos los días,
veloces huyen los años,
llevándose, ¡ay!, para siempre
nuestros ensueños galanos.
Ese purísimo seno,
cuyo cutis nacarado
levanta latir suave
y brilla cual limpio lago,
del viento de las pasiones
será bien presto agitado,
y sus olas turbulentas
en ti mismo harán su estrago.
Entonces, ¡ay!, tan tranquilo
no será, no, tu descanso,
ni esa sonrisa apacible
te prestará nuevo encanto.
Entonces, ¡ay!, los delirios
del amor, los sobresaltos
de los celos, los afanes
de la ambición, siempre insanos,
serán los ángeles puros
que velarán a tu lado,
reproduciendo en tus sueños
de tu existencia los cuadros.
Hasta que, al fin, a tu vista,
cubierta con velo opaco,
se eclipsará la esperanza,
luciendo atroz desengaño.
Y del sueño perdurable
la triste calma anhelando,
ya en la copa de la vida
sólo hallarás dejo amargo.
Mas, ¡silencio!, no se aleje,
por tan fúnebres presagios,
el ángel que ves hermoso
arrullarte con sus cánticos.
¡Duerme, sí, pobre inocente!
Prolonga tu sueño grato,
y conserva esa sonrisa
que tu madre está adorando.

Gertrudis Gómez de Avellaneda

701-Sor Ana de San Bartolomé



¿DÓNDE VAS?

¿Dónde vas con tanta gala,
Niño Dios, enamorado?
A buscar una zagala
que me ama y yo la amo.

Hoy quedará desposada
en el tálamo de amor.
Es la ovejita hallada
que me cuesta mi dolor.

La busqué con gran cuidado
por traerla a la manada.
Y así voy con tanta gala
mostrándome enamorado.

Y así voy con tanta gala
mostrándome enamorado.
A buscar esta zagala
que me ama y yo la amo.

Sor Ana de San Bartolomé

759-Kaga no Chiyo



HAIKU

Sin niños que destrocen con sus juegos
los muros de papel que hacen mi casa
éstos se vuelven fríos como el hielo.

Kaga no Chiyo

766-Julio Alcázar Fernández



MIRANDO A UN NIÑO

¡Cómo te envidio, pequeño
-mañana, rama, ya hoy, brote-!
En los brazos de tu madre
sólo entiendes sus canciones
que suenan en tus oídos
con los más bellos rumores.
Duérmete, niño, duerme.
Duérmete y sueña.
Duérmete mientras tu padre
lucha en la Sierra.
Pero antes de que el sueño
cierre tus ojos
maldice al que ha sembrado
dolor y odio.
Duerme, mi cielo,
que al despertar mañana
habrá un sol nuevo.
Guardia de ángeles de seda
tiene tu sueño en la noche.
Por eso sueñas con besos,
con caricias y con flores,
y un claro nimbo de luz
envuelve tu cuerpo joven.
¡Sigue soñando, pequeño
-mañana, rama, y hoy, brote-!

Tú no sabes comprender
de esta guerra los dolores,
las angustias infinitas,
las lágrimas, las traiciones,
las más atroces blasfemias,
las más santas oraciones...
Tú no sabes que la sangre
de nuestros hermanos corre
hoy por los campos de España
para que mañana brote
una abundante cosecha
de ideales redentores;
que hay muchas madres a quienes
el día se le hizo noche;
que las almas se han cubierto
con los más negros crespones
y que, para cubrir tumbas,
no nacen bastantes flores.
¡Sigue soñando, pequeño
-mañana, rama, y hoy, brote-!
Duerme y no oirás el zumbido
de los negros avïones,
el crujir de las granadas,
el tronar de los cañones...
-Guardia de ángeles de luz:
¡que nadie sus sueños corte!

Mañana, cuando seas rama
y la juventud rebose,
como el agua en un estanque,
en tu cuerpo, que hoy es brote,
no te cantará tu madre,
como ahora, bellas canciones.
Cogiéndote las dos manos,
recordando estos dolores,
te irá cantando, despacio,
la historia que no conoces:
"El diez y nueve de julio
unos malos españoles..."
¡La primera maldición
brotará en tus labios jóvenes!

Julio Alcázar Fernández

795-Antonio de Balbontín



LA CANCIÓN DE LA SIEGA

El zagalillo cantaba
los gozos de su tarea.
Segando espigas de paz
cantaba coplas de guerra.
El aire de los oteros
vertía por las veredas
los ecos de la tonada
como una lluvia de flechas.
"Yo no sé qué tiene, madre...
este verano la siega,
que en vez de segar espigas
parezco segar banderas".
Iba la copla saltando,
golondrina volandera,
desde la mies al arroyo,
desde el arroyo a la selva.
Y en alas de su alegría
las patrullas de la siega
como tropas de vanguardia,
trepaban por la ladera.
Ponía el Sol en las hoces
reverberos de centellas,
y el oro de las espigas
-pan de la dicha hogareña-
y acero de los fusiles
y alma de la resistencia,
el oro de los trigales
de España, carne morena
de la entraña de la patria
sangre que hierve en las eras
y en los cerros y en las trojes,
con un ardor de epopeya.
"Yo no sé qué tiene, madre...
este verano la siega..."
Ay, qué la copla del niño
quedó de pronto maltrecha,
cayó como garza herida
por una bala rastrera.
Mozos de huraña morisma
comprados por la revuelta
de los traidores de España
vigilaban vuestra brega.
Y el zagalillo risueño,
lira sutil de la siega,
con su cantar en los labios
murió abrazado a la tierra.
Apenas hubo un instante
de estupor. Manos fraternas
llevaron al zagalillo
como a un héroe hasta la aldea
entre canciones de gloria,
con plañidos de las viejas.
En el campo se quedaron
ellos. La bala rastrera
tuvo un picor de acicate
para los hombres en brega.
Trepaban por el collado
como soldados en guerra,
de cara al Sol de la patria
sedientos de hazañas nuevas;
de frente al fuego asesino
de las hordas extranjeras
el oro de los trigales
de España, como si hubiera
florecido con la sangre
brotaba rosas bermejas
y henchía los horizontes
de llamaradas eternas.
Bajo el silencio ardoroso
de las primeras estrellas,
una zagala bravía
lanzó de nuevo la endecha:
"Yo no sé qué tiene, madre,
este verano la siega..."

Antonio de Balbontín

824-Vicente Martínez Colomer



AL NIÑO JESÚS

No sé, Niño Hermoso,
que he visto yo en ti,
que no sé que tengo
desde que te vi.

Tus tiernas mejillas
de nieve y carmín,
tus labios hermosos
cual rosa de abril,
tu aspecto halagüeño
y el dulce reír,
tan profundamente
se han grabado en mí,
que no sé que tengo
desde que te vi.

Si acaso algún día
me atrevo a salir
al ameno prado
por me divertir,
doquiera que mire
te miro yo allí;
y entonces de nuevo
comienzo a advertir,
que no sé que tengo
desde que te vi.

Cuando por la noche
me llego a dormir,
al punto en mis sueños
te veo venir,
los brazos extiendo
por asirme a ti,
mas quedo burlado,
y digo entre mí:
que no sé que tengo
desde que te vi.

Mi pecho, que ha sido
cual bronce hasta aquí,
tu luz ardorosa
no puede sufrir:
el alma se exhala
cual aura sutil,
y yo de tal suerte
me siento morir,
que no sé que tengo
desde que te vi.

Vuelve, Niño amable,
tu rostro hacia mí,
dame que yo viva
sólo para ti;
dame que en tu gracia
yo acierte a morir,
para que así pueda
por siempre decir:
que no sé que tengo
desde que te vi.

Vicente Martínez Colomer

827-Carlos Ossorio y Gallardo



EN EL JARDÍN

-¡Papá, papá! decía
la tierna Rosa, del jardín volviendo.
-La jaula que guardaste el otro día
no seguirá vacía,
porque he logrado el nido que estás viendo.
¡Mira qué pajaritos tan pintados!
En esa jaula les pondré su nido;
prodigaré solicitos cuidados
a los que aprisionar he conseguido,
y les daré en constantes ocasiones,
migas de pan, alpiste y cañamones.
Luego la jaula pintaré por fuera
y mandaré que doren su alambrera...
Pero, ¿en qué estás pensando?
¿No me escuchas papá?, ¡te estoy hablando!
-Sí, querida hija mía;
pensaba al escuchar esa querella,
que en la cárcel me han dicho que hay vacía
una celda muy bella...
y que te pienso trasladar a ella.
Como allí el reglamento es algo fuerte,
ni tu mamá ni yo podremos verte;
pero te mandaremos cien brocados
que aumenten tu hermosura,
haré dorar cerrojos y candados,
y de bronce pondré la cerradura.
¡Pero, cómo! ¿Llorando estás por eso?
- Ya no lloro, papá. ¡Te he comprendido!
Corro a llevar al árbol este nido,
y vuelvo a darte un beso.

Carlos Ossorio y Gallardo

829-Antonio María de Trueba y de la Quintana



CANCIÓN DE LA MADRE

Los días son fríos,
las noches son largas
y el viento del Norte
silba en la ventana.

Duérmete en mi seno;
duerme, hijo del alma,
que en tanto que todos
tranquilos descansan,
sólo tú, amor mío,
despierto te hallas.

Durmiendo está al lado
del fuego la gata,
y ya en la pradera
los grillos no cantan;
ni nada se mueve
en toda la casa,
más que un ratoncillo
que roe una tabla.

Pero, ¿por qué miras
así a la ventana?
¿Acaso te asustan
la luna que irradia,
la lluvia que suena
y el viento que brama?

Duérmete, amor mío,
duerme hasta mañana;
duerme, y no te asusten
el viento y el agua.
Que mientras el niño
durmiendo descansa,
su madre y los Ángeles
el sueño le guardan.

Antonio María de Trueba y de la Quintana