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52-Juan Valera



A MARÍA

Dulce me eres,
linda morena,
como me es dulce
de primavera
naciente aurora
de luces bellas.
Que son tus ojos
que mi alma queman,
soles nacientes:
y tus guedejas,
que al aire flotan
o en lindas trenzas
caen en tu espalda,
son por lo negras
como azabache,
y por lo luengas
como el cariño
que mi alma encierra
y que consagra
a tu belleza;
porque tu forma
toda es perfecta
toda es divina,
toda es aérea.
Es cual de un ángel
la tu voz tierna,
como un suspiro
que el aire lleva,
como el remate
de dulce endecha,
como el arrullo
de tierna queja
de la paloma
de amores llena.
Es lo que siente
tu alma bella,
que más encanta
que tu belleza,
puro y virgíneo
cual tu alma mesma,
cual el aliento
del Criador fuera
cual son dulcísimo
que exhala tierna
la lira armónica
del rey poeta.
Así, mi niña,
son las tus prendas
cual el perfume
de la flor bella
que el dulce céfiro
en alas lleva.
Por eso el pecho
mío se queja,
por eso siento
que mi alma incendias
en fuego vivo
de amor y penas,
un fuego eterno
que no remedian
mil y mil muertes
si mil me dieran,
que no consume
aunque quisiera
el agua toda
que, bravo, encierra
el mar ruidoso
que el mundo cerca,
ni el río de lágrimas
que lastimera
arroja mi alma
de amor deshecha.
Sólo tu labio,
tu mano bella
mi fuego ardiente
calmar pudieran.

Juan Valera

167-Anacreonte de Teos



A UNA DONCELLA

Hace tiempo, la hija de Tántalo
se convirtió en piedra,
junto a las riberas frigias.
Y asimismo, la hija de Pandion
atravesó el espacio, transformada en golondrina.
¡Si pudiera yo convertirme en espejo,
para que siempre tuvieras
en mí fija tu mirada!
¡Que no sea yo túnica
y siempre me llevarías encima!
Quisiera volverme agua límpida
para bañar tu hermoso cuerpo.
O esencia, dueña mía, para perfumarte;
cintilla de tu garganta
y perla para tu cuello;
o sandalia para que así, al menos,
siempre estuviera tu pie sobre mí.

Anacreonte de Teos

234-Bonifacio Byrne



NUESTRO IDIOMA

Hallo más dulce el habla castellana
que la quietud de la nativa aldea,
más deleitosa que la miel hiblea,
más flexible que espada toledana.

Quiérela el corazón como una hermana
desde que en el hogar se balbucea,
porque está vinculada con la idea,
como la luz del sol con la mañana.

De la música tiene la armonía,
de la irascible tempestad el grito,
del mar el eco y el fulgor del día;

la hermosa consistencia del granito,
de los claustros la sacra poesía
y la vasta amplitud del infinito.

Bonifacio Byrne

268-Clara María de Castro y Andrade



MADRIGAL

Anarda, con tu aliento,
el consagrado coro de las nueve,
en sonoro concento,
por tu decoro, por tu honor se mueve.
Hoy triunfa Manzanares,
hoy por ti le veneran
el Tajo, el Tormes, el Genil y Henares.
Hoy cuantos beneméritos esperan
los laureles de Apolo,
en postrado, aunque honroso, rendimiento,
el suyo no, tu plectro invocan sólo.
Hoy la más digna, la que osada intenta,
generosa ambición, silla en tu coro,
que, preferida, el número engrandeces,
de emulación exenta
opuesta a tu decoro
bien tu valor en su ignominia creces,
décimo, a su pesar, tu nombre cuenta.
¿Qué deidad, pues, qué culto no mereces?
¡Vive, oh musa gallarda,
tu propia eternidad, divina Anarda!

Clara María de Castro y Andrade

313-Alonso de Acevedo y Zúñiga



SONETO

Nació, junto al Erídano abundoso,
Aminta, en su ribera esclarecida;
noble zagal, cuya niñez florida
sintió de Amor el arco riguroso.

Este, con Tirsis, un pastor famoso,
pasaba en amistad su triste vida,
y en voz se lamentaba repetida
con su toscano plectro numeroso.

Mas vino de la bética ribera
un joven de gallardo ingenio y brío;
y Aminta, por el docto sevillano,

dejó su patria y amistad primera,
y ya en el Betis, en estilo hispano,
canta, olvidado de su lengua y río.

Alonso de Acevedo y Zúñiga

378-Aurelia Castillo de González



EL RUISEÑOR Y EL LORO

En casa de un famoso pajarero
un lance vi que referirte quiero,
porque algo provechoso me ha enseñado
como verás después, lector amado.
Olvidando que estaba entre prisiones,
cantó un mirlo con suaves inflexiones;
que así los males la inocencia olvida
y su candor feliz presta a la vida.
Al terminar los ecos peregrinos,
de aprobación se oyeron dulces trinos,
y exagerando la alabanza un loro,
-¡Magnífico!, exclamó, ¡qué pico de oro!
Poco después un cuervo macilento
sus lúgubres granznidos lanzó al viento,
y de las aves todas sólo el loro
-¡Soberbio!, prorrumpió, ¡qué pico de oro!
Luego del ruiseñor la voz divina
al silencioso público fascina,
cuando del loro el entusiasmo estalla
y exclamando: -¡Qué pico...! -¡Calla, calla!,
le dice el aplaudido con premura,
¡reserva para el cuervo esa finura!
Y todos los presentes en un coro
a guisa de sermón dicen al loro:
-Alabanzas que a todos se prodigan
ni nada valen ni a ninguno obligan.

Aurelia Castillo de González

382-Antonio Sellén



A OFELIA

Si eres un ángel que risueño vienes
a calmar de mi pecho la agonía,
aquí a tu lado en mi dolor me tienes
para oír de tu acento la armonía.

Mira: mi frente se doblega mustia
de un pérfido destino a los rigores,
y tú sola calmar puedes mi angustia,
tú sola con tus cánticos de amores.

¿Dónde irá sin la luz de tu mirada
mi corazón que por tu amor fallece,
cuando en mi ser tu imagen encarnada
al riego de mis lágrimas florece?

En la senda de amor errante vago,
y cuán sombrío mi horizonte miro,
cuando concibe que jamás en pago
arrancaré a tu pecho ni un suspiro.

Porque busca en tu amor la primavera
el alma triste que el pesar marchita,
que en vano el corazón vivir pudiera,
en esta soledad en que se agita.

Si eres el ideal de mi ventura
deja que el triste corazón sediento
en el puro raudal de tu ternura
apague su amoroso sentimiento.

Que si eres ángel que risueño vienes
para cerrar del corazón la herida,
aquí a tu lado en mi dolor me tienes,
¡esperanza postrera de mi vida!

Antonio Sellén

412-Pedro Santacilia y Palacios



DIOS

¡Alabad al Señor en las alturas
los que vivís en la región del cielo!;
Iluminados ángeles
que cubiertos con albas vestiduras
atravesáis el orbe en raudo vuelo;
innúmeros arcángeles
que sostenéis con vuestras alas de oro
el trono del Señor; bellos querubes
que en vaporosas nubes
de límpido topacio
alígero cruzáis por el espacio;
la cítara y el arpa
y la lira pulsad; lejos resuene
el canto dulce y el clarín sonoro,
alzad la voz en coro,
y en deliciosa, célica armonía
que el universo llene
de indefinible grata melodía,
cantad alegremente
al Dios omnipotente,
Padre del mundo y hacedor del día.
Tú, rojo sol, que la brillante lumbre
hasta el ocaso llevas desde oriente;
y tú, como ninguna
cándida, pudorosa,
melancólica luna,
que embelleces la cóncaba techumbre,
y vosotras, purísimas estrellas,
que en medio de la noche silenciosa,
flamígeras y bellas,
iluminando el suelo,
llenáis el orbe y alumbráis el cielo;
bendecid al Señor; que vuestras voces
el espacio recorran; que veloces
la atmósfera cruzando
y las nubes altísimas pasando,
la gloria del Señor proclamen,
sus obras canten y y su nombre aclamen...

Y a los seres unidos
que habitan las regiones celestiales;
y a los astros que vagan suspendidos
en la bóveda azul del firmamento,
unan también su acento,
agrupados en coro, los mortales,
y a su Señor alabe cuanto encierra
de polo a polo la anchurosa Tierra...

Animales salvajes
que en medio de los ásperos ramajes
de la selva vivís; aves parleras
de mágicos colores
que el aire atravesáis; nítidas flores
que en las frescas praderas
ignoradas nacéis; límpidas fuentes
que los campos regáis; claras corrientes
que por el césped blando
atravesáis el valle; venenosos
reptiles que escondidos
vivís entre la yerba; numerosos
insectos que zumbando
la atmósfera pobláis; peces ligeros
que las aguas del lago transparentes
veloces recorréis; montes erguidos
que hasta el cielo subís; verdes llanuras,
mansos arroyos y soberbios mares;
alzad todos unidos
al Dios de los nacidos
por su inmenso poder vuestros cantares.

La luz, el aire, el universo, el cielo,
todo en el mundo su poder pregona;
lo pregona en el polo un mar de hielo,
un sol ardiente en la abrasada zona;
lo anuncia con su aliento la tormenta,
la tempestad lo anuncia con el trueno,
y el hórrido volcán cuando revienta
de la montaña requemando el seno,
con voz terrible que amedrenta al hombre
de Dios repite poderoso el nombre.

Y yo escucho ese nombre soberano
entre el fragor del huracán violento,
cuando impelidas por el ronco viento
las espumosas aguas del océano
amenazan subir al firmamento;
y le escucho también cuando el torrente
arrasando los campos se dilata,
y convierte su límpida corriente
en estruendosa inmensa catarata;
y en el rayo fatídico que enciende
a la cárdena nube que se inflama,
cuando terrible en rápida carrera
por el espacio cóncavo desciende
y el bosque secular convierte en llama;
humilde, anonadado,
contemplo del Señor la omnipotencia
y entonces cual si viera
sobre la inmensa creación alzado
su brazo poderoso,
doblo abatida la soberbia frente
y arrebatado en entusiasmo ardiente,
adoro lo que veo
y dejo de pensar, y siento, y creo...

Porque todo en la tierra
pregona su poder, y desde el hombre
dotado de divino pensamiento
hasta el insecto que la flor encierra
entre las hojas que acaricia el viento,
y desde el astro cuya excelsa lumbre
traza en el cielo del Señor el nombre,
hasta el reptil que entre la yerba verde
dilata sus anillos y se pierde;
y desde el monte cuya altiva cumbre
a la región del éter se levanta
sosteniendo la espléndida techumbre
hasta el polvo que huella nuestra planta;
todo nos dice con sublime acento
y mágica elocuencia:
"Adorad del Señor la omnipotencia,
porque Él unicamente
llena la creación; todo lo absorbe,
y al extender su mano prepotente
tiembla la tierra, se conmueve el Orbe".

Pedro Santacilia y Palacios

437-Juan Bautista Arriaza y Superviela



LA GUARIDA DE AMOR

Amor, como se vio desnudo y ciego,
pasando entre las gentes mil sonrojos,
pensó en buscar unos hermosos ojos
donde vivir oculto y con sosiego.

¡Ay Silvia!, y vio los tuyos, vio aquel fuego
que rinde a tu beldad tantos despojos,
y hallando satisfechos sus antojos,
en ellos parte a refugiarse luego.

¡Qué extraño es ver ya tantos corazones
rendir, bien mío, los soberbios cuellos,
y el yugo recibir que tú les pones,

si a más de que esos ojos son tan bellos,
está todo el Amor con traiciones,
haciéndonos la guerra dentro de ellos!

Juan Bautista Arriaza

438-Juan Arolas



MEDITACIÓN

Yo te veo, Señor, en las montañas
que soberbias se miran en su altura,
do reciben la luz con que las bañas,
antes que este hondo valle de tristura;

y en el último y lánguido reflejo,
que recogen del día moribundo,
cuando su altiva cumbre es el espejo
de las sombras que caen en el mundo;

y en su color azul y nieve fría
que oculta la preñez de los volcanes,
como encubre falaz hipocresía
de infame corazón pérfidos planes.

Que tú les das la niebla matutina
que se pierde por leve y vaporosa,
tú les enciendes llama que ilumina,
tú su cráter entibias y reposa.

Desataste en sus cimas y pendientes,
para calmar la sed de los mortales,
las cristalinas venas de las fuentes
y escondiste en su seno los metales.

Mas ellos ambicionan el tesoro
que previsión de un padre les encierra,
no pueden apagar la sed del oro
y rompen las entrañas de la tierra.

¡Metal de execración! ¡Metal maldito,
cuya pálida luz cegó los ojos,
doró deformidades del delito
y alumbró los desórdenes y enojos!

Yo te veo, Señor, en los breñares
poblados de malezas muy bravías,
en los altos, difíciles lugares,
do el águila renueva largos días,

el águila que es hija de los vientos,
con su nido que es campo de batalla,
lleno de los despojos más sangrientos
del vulgo de las aves que avasalla,

sombría como el sitio donde habita,
de furibundos ojos y de garras
duras como las peñas que visita,
corvas como moriscas cimitarras.

Que tú para cortar los aquilones
la fuerza muscular le diste en prenda;
te busca por las célicas regiones,
por eso mira al sol como a tu tienda.

Tú contaste sus plumas más ligeras,
como cuentas los árboles y frutos,
los átomos que cruzan las esferas,
y hasta la eternidad por sus minutos.

Yo te veo en el mar: en la ola verde,
azul, o sonrosada que camina,
que con orla de aljófares se pierde,
mientras otra más alta se avecina.

También cuando lo tienes en bonanza,
para el pequeño alción que a sus cristales
fía su hermosa prole y su esperanza,
mientras atas furiosos vendavales.

Y en el cetáceo enorme que entre hielos,
que muros de cristal pueden decirse,
alza dos ríos de agua hasta los cielos,
y agita el mar del norte al rebullirse;

que herido del arpón, iras alienta,
con su sangre las aguas enrojece,
y las pone agitadas en tormenta…
¡Tanto puede su mole que padece!

Tú le diste los mares por presea
donde tenga por lecho las bahías
el boreal y antártico pasea;
por abismos de espuma tú le guías.

Yo te veo, Señor, en el insecto
que busca en la camelia nido y casa,
con las galas de adorno tan perfecto
que unas púrpura son, otras son gasa;

y en el que enamorado de su pompa
se contempla en la fuente bulliciosa,
y en el que chupa almíbar con su trompa,
y en el que se adormece en una rosa;

y el que queda suspenso ante las ovas
mecido en equilibrio con las alas,
y al parecer les canta dulces trovas
que sólo entiendes tú que a ti te igualas;

y en el reptil que turba ninfas puras,
que por su cauce nítido se alegra,
y el que por las musgosas hendiduras
asoma su cabeza verdinegra.

Tú has vestido de flores las colinas
cual nunca Salomón se engalanara,
cuando a ruego de hermosas concubinas
ídolos en los bosques adorara.

Tú has dado los aromas y canelas,
papagayos hermosos y parleros,
búfalos, elefantes y gacelas,
cedros, palmas, acacias, bananeros.

Que tú eres el principio de ti mismo,
sin contar el origen de tus días,
grande en la inmensidad y en el abismo,
Dios de eternas venturas y alegrías.

Juan Arolas

449-Jorge de Montemayor



SONETO

¿Qué pude ser, señora, antes que os viese,
pues viéndoos cobré el ser que no tenía?
¿Qué pudo ver sin vos el alma mía,
o que sería de mí si así no fuese?

Según ahora me siento, aunque viviese,
no era el alma, no, por quien vivía,
que un natural instinto me regía,
hasta que vuestro rostro ver pudiese.

Y viendo el resplandor y hermosura
del rostro transparente y delicado
do tanta perfección pintó natura,

de vos recibí un ser tan extremado,
que no pudiendo haber en mí mal cura
lo sufro y me sustento en mi cuidado.

Jorge de Montemayor

455-Juan Cristóbal Nápoles Fajardo



LA PRIMAVERA

Ya vino la primavera
sobre nuestros campos bellos
y el sol fulgurante en ellos
fuertemente reverbera.
En la selva y la pradera,
cantan ya los ruiseñores,
los zorzales trinadores
alzan alegres el vuelo,
y ya se entapiza el suelo
de hierbas, plantas y flores.

Susurran los platanales
al pausado son del viento,
y con blando movimiento
se oyen murmurar los mares.
Ostentan ya los palmares
verde pompa de esmeralda,
y del cerro allá en la falda,
para mayor hermosura,
el limpio arroyo murmura
y el sol las peñas escalda.

Nubes de varios colores
de tarde en el firmamento,
vagan a merced del viento
formando dulces rumores.
Los humildes labradores
siembran las tierras que abonan,
sus cosechas amontonan,
gozan de dúlcidas calmas,
ya las sombras de las palmas
alegres trovas entonan.

Las guajiritas hermosas
tan sencillas como ufanas,
corren por esas sabanas
detrás de las mariposas.
De las flores más hermosas
contemplas los ramos bellos,
y mientras juegan con ellos
y hacen preciosas guirnaldas,
en sus trigueñas espaldas
lucen sus negros cabellos.

Ya sonríen nuestros prados,
florece el guao en las costas
y en las veredas angostas
rebraman ya los ganados.
Ya los montes escarpados
verdes y bellos se ven,
el cauto undoso también
un grato murmullo forma,
y mi Cuba se transforma
en un delicioso Edén.

Frutos ostentan las jaguas,
los atejes y mameyes,
reverdecen los jagüeyes
y óyense crujir las yaguas.
Fuertes y copiosas aguas
fertilizan los terrenos.
Cristalinos y serenos
están ya los lagunatos,
y de noche algunos ratos
se escuchan lejanos truenos.

Todo seduce y encanta
bajo nuestro sol ardiente,
Cuba hermosa y esplendente
su regia frente levanta.
Vegeta la estéril planta
de la sabana en la orilla,
la pura atmósfera brilla,
pare el corojo en las sierras,
brotan flores de las tierras
de nuestra feraz Antilla.

Ya vendrán las noches bellas
en que después de un aguaje
no empañe ningún celaje
el fulgor de las estrellas.
Se escucharán las querellas
de las aves nocturnales,
crujirán los colosales
árboles del bosque umbrío,
y oiremos crecido el río
sonar en los pedregales.

También vendrán las mañanas
en que la neblina densa,
extienda su capa inmensa
sobre las verdes sabanas.
Las ceibas americanas
se alzarán sobre los montes,
los melodiosos sisontes
cantarán acá y allá
y el sol iluminará
los cubanos horizontes.

Yo recorreré cantando
los terrenos que poseo,
y de mi tiple el punteo
será delicioso y blando.
Subiré de vez en cuando
a la elevada colina,
y la flor más peregrina
sabré coger diligente,
para engalanar la frente
de mi adorada Rufina.

¡Oh deliciosa estación!
¡Época de dulce encanto!
Yo te bendigo y te canto
de mi dura lira al son.
Gratísima inspiración
siento bullir en mi mente,
al cielo elevo la frente,
tus mil bellezas admiro,
y me gozo cuando aspiro
tu fresco vernal ambiente.

Juan Cristóbal Nápoles Fajardo

481-Francisco Pobeda y Armenteros



A CUBA

Canto al delicioso clima
donde la alterosa palma
y la corpulenta ceiba
más feraces vegetaban.

Canto a mi patria querida,
que produce con más gala
cuanto en otros climas nace
de poca o más importancia.

Si mi destemplada lira
a empresa tan soberana,
da cabo, seré feliz
con el hecho de lograrla.

Bien puede el zoilo mordaz
hacer el juicio mañana,
y vituperar mis versos,
y reír a carcajadas.

Yo, ni pretendo favores,
ni esclavizo mis palabras:
Canto a Cuba, por ser Cuba
mi dulce y querida patria.

Si algún hijo espúreo suyo
no siente en su ardiente alma
por ella un amor sincero,
menosprecio mi trovada.

Yo sólo escribo a los buenos
y aunque cometa mis faltas
describiré de mi Cuba
los montes y las sabanas.

Permítele a mi lira, patria mía,
que una mi voz al preludiar del arpa
que en los ecos del Vate Peregrino
nos cantó el huracán, después la calma.

Érase un tiempo que en sencillas trovas
del Almendar en las floridas playas
di solaz al guajiro que afanosos
tus fructíferos campos trabajaba.
Entonces te canté por vez primera
pensil hermoso de la esfera indiana:
yo abrí la senda y otros vates luego
describieron tus frutas y tus plantas.

Pero yo quiero cantar
para cumplir con mi amor,
y describir y pintar,
y tú debes apreciar
los cantos del Trovador.

¿Qué importa al fin que en tu mente
no haya el hombre penetrado,
si en gorgeo regalado
trina en el cedro el sinsonte
y el ruiseñor en el prado?

¿Qué importa que el duro acero
del hacha cruel, destructora,
no haya en tu oculto venero
privado el verdor primero
de la mano creadora?

Linderos ni guardarrayas,
coto a la humana ambición,
tienes aún, pero en tus playas
cien naves flotando hallas
de distinto pabellón.

Aquí un prado, allí un pensil,
acá un sitio de labor,
y vegas de mil en mil,
y donde quiera el verdor
del florido mes de abril.

Ingenios y cafetales
que son toda tu esperanza;
y firmísimos corrales
que en los hatos de crianza
levantan tus naturales.

Y puertos bien abrigados,
y montañas y colinas,
donde se ven respetados
entre tus frutos preciados
los productos de tus minas.

Allí, creciendo altaneras,
están con próspero augurio
tus más preciosas maderas,
y al par del hermoso purio
descollarán tus palmeras.

Allí el ébano real
y el ansiado granadillo
junto de un demajagual
y en medio de un guamajal
vegeta el duro cerillo.

Alli el árabo y el roble,
el pinto, la vera, el güije,
el encarecido mije,
y la caoba que noble
es de los árboles dije.

La yaba y el jaimiquí,
la jocuma y el ocuje,
y el predilecto jequí
que resiste fuerte allí
del huracán el empuje.

Allí avaricia la vara
al pintado recental,
y vemos en el corral,
cobijada de manaca
fábrica descomunal.

Alli en el feraz venero
cabe del río a la orilla,
vemos prolijo al veguero
trasponiendo la semilla
del gran tabaco habanero.

Y en sitios y en cafetales,
en ingenios y en jardines,
se ven hileras iguales
de frondosos platanales
y en ellos mil tomeguines.

Y entre otras frutas preciadas
vemos las gustosas piñas
de rico obrizo escamas,
que compiten con las viñas
de la Europa celebrada.

Y extensivos arrozales
del monte al cercano abrigo,
y junto los boniatales
las mieses del rubio trigo
y los muy grandes yucales.

Y para mayor tesoro
en tus tierras se dilata
cobre bueno y fina plata;
y el oro, el ansiado oro
que hace la existencia grata.

Y mármoles superiores
y jaspes de varias clases;
y piedras de mil colores;
y cristales que en sus faces
demuestran ser los mejores.

No te orgulleces en vano,
Cuba, con tanto arrebol,
cuando el Motor soberano
te diera por padre el Sol,
por esposo el Oceano.

Pues de continuo se ve
al sol tus campos dorar,
y aunque murmurando al mar
besar humilde tu pie
y tus contornos lavar.

Tu elegancia y tu belleza
consisten, suelo adorado,
en que la Naturaleza
se hospeda en tu verde prado,
y en la intrincada maleza.

¿Cuál debe ser el destino
de tu plantel soberano,
cuando el labrador divino
con su benéfica mano
fecunda tu hermoso pino?

Así es que quiero cantar
para cumplir con mi amor,
y describir y pintar,
y tú debes apreciar
los cantos del Trovador.

Francisco Pobeda y Armenteros

483-Feliciana Enríquez de Guzmán



MADRIGAL

Dijo el Amor, sentado a las orillas
de un arroyuelo puro, manso y lento:
“Silencio, florecillas,
no retocéis con el lascivo viento;
que duerme Galatea, y si despierta,
tened por cosa cierta
que no habéis de ser flores
en viendo sus colores,
ni yo de hoy más Amor, si ella me mira”.
¡Tan dulces flechas de sus ojos tira!

Feliciana Enríquez de Guzmán

495-Diego Hurtado De Mendoza



A UNA DAMA

Tu gracia, tu valor, tu hermosura
muestra de todo el cielo, retirada,
como cosa que está sobre natura,
ni pudiera ser vista ni pintada.

Pero yo, que en el alma tu figura
tengo, en humana forma abreviada,
tal hice retratarte de pintura
que el amor te dejó en ella estampada.

No por ambición vana o por memoria
tuya, o ya por manifestar mis males;
mas por verte más veces que te veo.

Y por solo gozar de tanto gloria,
señora, con los ojos corporales,
como con los del alma y del deseo.

Diego Hurtado De Mendoza

498-Cristóbal Suárez de Figueroa



ENDECHAS

Bella zagaleja
del color moreno,
blanco milagroso
de mi pensamiento;

gallarda triguera,
de belleza extremo,
ardor de las almas
y de amor trofeo;

suave sirena,
que con tus acentos
detienes el curso
de los pasajeros;

desde que te vi
tal estoy, que siento
preso del albedrío
y abrasado el pecho.

Hasta donde estás
cuelan mis deseos
llenos de afición,
y de miedos llenos,

viendo que te ama
más digno sujeto,
dueño de tus ojos,
de tu gusto cielo.

Mas ya que se fue,
dando al agua remos,
sienta de mudanza
el antiguo fuero.

Al presente olvidan;
y quien fuere cuerdo,
en estando ausente
téngase por muerto;

y pues vive el tuyo
en extraño reino,
por ventura esclavo
de rubios cabellos,

antes que los tuyos
se cubran de hielo,
con piedad acoge
suspiros y ruegos.

Permite a mis brazos
que se miren hechos
hiedras amorosas
de tu airoso cuerpo;

que a tu fresca boca
robaré el aliento,
y en ti transformado,
moriré viviendo.

Himeneo haga
nuestro amor eterno,
nazcan de nosotros
hermoso renuevos.

Tu beldad celebren
mis sonoros versos,
por quien no te ofendan
olvido mi tiempo.

Cristóbal Suárez de Figueroa